skip to main |
skip to sidebar
La piel de toro o la pandereta celtibérica son las dos metáforas que mejor ilustran las paradojas y contradicciones que resumo a continuación. Parece como si en los últimos años este país hubiera perdido definitivamente la brújula que lo guiaba y del milagro español que tanto se presumió a principios del dos mil hemos pasado al pasotismo redimido. Y que conste que ZP no es el culpable de todo esto, por más que la oposición se empeñe en señalarle con el dedo. Para mí, ZP es el mejor presidente que ha tenido España. Lo ha intentado, pero el gran capital (otro paradoja con este término) es lo que manda hoy en día. Hasta donde ha podido, lo ha intentado, y creo que de buena fe. Nadie se queja, ni dice nada, pero estos números nos viene a decir que aquí hay algo que falla:
- Los dos mejores equipos del mundo son españoles (R. Madrid y Barcelona) pero no tenemos ni una universidad entre las 100 primeras.
- Más de cinco millones de parados y ni una manifestación, ni una revuelta, ni una barricada.
- El país con más kilómetros de líneas de alta velocidad de la UE y el que menos ha invertido en i+d+d
- Ni un artista vivo entre los cien más influyentes pero somos el primer consumidor de cocaína de Europa.
- El país de Europa con mayor número de novedades editoriales al año y uno en los que menos se lee.
- El país de la UE con más idiomas oficiales pero donde peor se habla inglés.
- El país que paga a sus diseñadores por desfilar en la Madrid Fashion Week pero ni un solo diseñador español en las perchas de Barneys.
- El español es el tercer idioma más hablado del planeta, en cambio nuestra política internacional es la de menor peso entre los países importantes.
- El país con mejor calidad de vida y uno de los de mayor incide de fracaso y abandono escolar de toda la UE.
PD: El uso del plural mayestático que generalmente me suele provocar prurito cuando se habla de España es intencionado para reforzar el patético dramatismo del asunto.
No sé qué versión me gusta más.
Los hermanos Calatrava: Space Oddity de David Bowie
Nina Simone: Suzanne de Leonard Cohen

Nueva York, década de 1970: la ciudad, llena de aventuras nocturnas y peligros, se despierta con jaqueca de la borrachera y los psicotrópicos de la década anterior. El sur de la isla de Manhattan se puebla de gente de hampa, grafiteros, bohemios, crápulas, maleantes y vagabundos. Un lugar idóneo para todos aquellos que buscan camuflarse, pasar inadvertidos y, sobre todo, dar rienda suelta a las fantasías sexuales largamente reprimidas. Dicho de una manera más literaria, nos encontramos ante el escenario ideal para que personajes como Jean Genet o Pasolini camparan a sus anchas.
Alvin Baltrop (1948-2004), fotógrafo negro y homosexual nacido en el Bronx, conoce, por sus propias circunstancias, todo lo que se cocina en el subsuelo de la Gran Manzana. Apunta con el objetivo en blanco y negro de su cámara a los almacenes abandonados y muelles industriales del West Side y se convierte en testigo silencioso de lo que allí sucede. Estamos ante los orígenes del cruising. Decenas de homosexuales anónimos se citan clandestinamente en los destartalados y ruinosos decorados en búsqueda de placeres carnales. Un mundo que huele a sudor, a vaselina, a semen y a sangre.


Lo que en principio se presenta como la orgía perfecta no tarda en complicarse. Las violaciones, los crímenes más inmundos y el envilecimiento extremo hacen acto de presencia. La decadencia moral y la droga echan un pulso a todos cuantos deambulan por ahí. La idea de una cofradía de machos vigorosos basada en los intereses y en la complicidad sexual se desvanece en poco tiempo.
Alvin, a quien le gustaba jugar fuera de la ley y sentirse en peligro, es atacado por críticos reaccionarios y activistas de los derechos homosexuales. Consideran que su obra no es arte, sino un sucio juego de vouyerismo. Como si fuese una rata de alcantarilla, es denostado de las parillas artísticas de la ciudad.
Su mirada y acercamiento a un ambiente tan salvaje, cargado y frenético, es admirable y compleja. Como suele pasar en estos casos, el reconocimiento (recientemente ha sido portada de Artforum) ha sido póstumo. No podría ser de otra manera.