
Como buen mitómano que soy tengo una seria tendencia a mitificar y admirar exageradamente a personas, lo cual no quiere decir que pierda el sentido critico y acepte, como si un acto de fe se tratara, todo lo que hagan o digan mis deidades humanas. Que sea un mitómano no quiere decir que les profese amor eterno, y como decía en otra de mis entradas, los que un día fueron héroes al día siguiente pueden estar desterrados de mi Olimpo de dioses paganos de carne y hueso. Es decir, que han sido muchos los mitos de mi adolescencia que han caído.
Está claro que esa tendencia del mitómano a engrandecer la realidad es bastante morbosa, provocando en ocasiones delirios de grandeza y alimentando un mundo irreal. En algunos casos existen unas motivaciones más perversas y profundos que suelen ser inconscientes, sirvan para ilustrar estas anormalidades los matrimonios de Mario Vaquerizo y Alaska o Tony Hernández con Sara Montiel.
Pero el tema de esta entrada no va por esos derroteros psicológicos —según muchos psicólogos la mitomanía está relacionada con los trastornos del yo— sino que es mucho más frívolo y ligero, y responde a la siguiente pregunta que me formularon el viernes pasado en la fiesta-cumpleaños de Estela Aparisi: ¿A qué persona viva te gustaría conocer?

Muchos se quedaron sorprendidos con mi respuesta, ya que difícilmente soy representativo de la gente que ocupa las gradas de los estadios y parecía que simplemente pretendía epatar o despistar. Pero no es así, me encanta el fútbol, y las dos nuevas incorporaciones a mi Olimpo personal pertenecen al deporte del pueblo llano: Michael Laudrup y Granero, ambos del Getafe, mi nuevo y platónico equipo.
Viva el GETAFE C.F.
